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lunes, 17 de mayo de 2010

La blasfemia

Por DAVID TRUEBA

Respondería a una cierta poética que el último gol que marcara Raúl en la Liga fuera el de La Romareda. Ese día se lesionó y terminó para él la temporada. Temporada agridulce porque, después de años de esplendor en la hierba, el jugador ha asumido el banquillo sin ruido ni furia. La Romareda es el estadio donde en 1994 Valdano lo hizo debutar a los 17 años y jugó su primer partido con un descaro rotundo. Ese último gol Raúl lo marcó cojo, pidiendo el cambio. Mientras el sustituto se quitaba el chándal, a Raúl le dio tiempo a marcar, a dar la última pedalada como esos ciclistas que llegan extenuados a la meta en alto. Pero llegan. Él también es abismal y agónico. Que Raúl marque ese gol cojo es un símbolo perfecto, una salida ideal. Le ha faltado sólo marcar un gol desde el banquillo, en un rebote afortunado.

Porque ahora viene la blasfemia. En cierta manera, Raúl ha sido siempre un jugador del Madrid pero con materiales del Atlético. Puede que su periodo formativo y su salida de la cantera del club rojiblanco no tengan ninguna relevancia en su carrera. Pero hay detalles que sorprenden. El Real Madrid es un equipo de jugadores estilistas o de un rotundo populismo mediático. Los del Atlético son conocidos por sus nombres de pila, Luis, Manolo, Santi, con una familiaridad que uno reserva para el fontanero o el camarero del bar. En cambio, los del Madrid siempre han tenido la deferencia del apellido: Martín Vázquez, Butragueño, Sanchis, García Remón. A unos se les trataba de tú y a otros casi de don. Hasta que llega Raúl y se arremanga, en nombre de pila, y se pone a remar y gana ligas y trofeos aportando cierta precariedad de juego, pero arrobas de épica, resistencia y oportunismo. Vamos, a la manera clásica del Atlético.

Pese a la irrupción de los galácticos, Raúl siempre ha tenido un tono casero. ¿De qué galaxia iba a ser un tipo de la colonia Marconi de Villaverde? Algunos de sus compañeros cambiaron más veces de peinado en un mes que él en los 16 años de competición. Porque quizá el detalle más heroico del máximo goleador en activo de la Liga es que su aspecto ha sido siempre el mismo, para irritación de enemigos y cierto hastío de fans. Lo irrepetible de sus números le ha ido concediendo un poso mítico que le negaban las fotografías. En la era de la imagen y la inmediatez, Raúl ha sido un icono trabajado, un metalúrgico del fútbol. El madridismo se ha beneficiado siempre de esos jugadores. El mismo Di Stéfano es recordado como un señor que lo hacía todo bien, con una entrega agotadora, al contrario de otros ídolos que eran más de jugar por la sombra, al paso, con zapato de gala más que bota de tacos.

Más allá de esta Liga tan reñida en puntos, pero tan rendida al juego del Barcelona, si a Raúl le da por dejar el Madrid, no lo duden, este campeonato será recordado por ser el último que él jugó. Si se marchase, facilitaría la labor a los que quieren jubilarlo, porque Raúl puede meter goles desde la cola del Imserso y con la cachava. En la Liga italiana o la inglesa, que nadie espere un paseo de aprendizaje, seguro que se faja con los defensas con esa especie de buena educación terca. La blasfemia poética sería que jugara las dos últimas temporadas en el Atlético, con ese equipo al que le ha descerrajado goles desde todas las posturas, incluido el primero en la Liga.

Raúl ha tenido goles feos y celebraciones peores. Lo de besar el anillo, señalarse el dorsal y torear a capotazos en las grandes ocasiones pertenece a su negación para controlar la simbología contemporánea. Es un hombre de otra época, que asimila el triunfo a cierta categoría artificiosa reñida con su austeridad. Con un punto de pupas, porque entre éxitos siempre le perseguirán algunos malditos fallos, la frustración en esa selección nacional que acabó jugando mejor sin él, el alma dolorida tan del Atlético parecía palpitar tras la coraza del mejor madridista de las últimas décadas.

En su juventud restallante, llegó la persecución mediática, las dificultades para ser un chico normal y esa rueda de prensa tras cazarlo a deshoras en las discotecas. Allí asumió públicamente una responsabilidad desmesurada, una desconfianza en el entorno del fútbol brutal, y seguramente limitó su espontaneidad y su apuesta por la felicidad pública frente al rigor, la discreción y en ocasiones la grisura. Una lástima provocada por otros, pero demasiado asumida por él mismo como peaje de madurez. Sólo a instantes baja la mirada, asoma unos ojos burlones e impone una ironía soterrada como los sombreros que hacía a los porteros.

Como todos los jugadores insignia, ha disfrutado y sufrido el poder. Pero nada ensombrece su currículo, una lista de victorias que, cuando se presenten en la nómina de la historia, sonrojarán a los odiadores profesionales. Al fin y al cabo, la mayor blasfemia de todas es fantasear con lo que Raúl pueda decidir en este final de temporada. Es patrón de sí mismo. Pero que nadie dude de que el gol cojo en La Romareda, como el cabezazo de Zidane a Materazzi, tiene una altura mítica, simbólica y eterna.


Publicado en el diario El País de España (17.05.2010)

lunes, 8 de febrero de 2010

El entrenador

Por DAVID TRUEBA

Hace años que quiero hacer una película en torno a la figura del entrenador. El primer destello nació en una ocasión en que fui a dar una conferencia a una ciudad de provincias y me llevaron a un restaurante. En la mesa del fondo reconocí a un antiguo jugador, no demasiado famoso, que entonces era entrenador del equipo local de Segunda División. El equipo pasaba por problemas y nadie sabía si el entrenador duraría mucho en el banquillo. Lo que me fascinó fue mirarlo. Estaba solo, comiendo con parsimonia un guiso casero y tomando una cerveza, en chándal, con un reloj de oro y con gesto ensimismado. Me pareció la estampa perfecta de la soledad.

Desde entonces los entrenadores atraen mi atención. Puede que, al verlos en esa posición de privilegio, dando órdenes a los jugadores, con esa supuesta autoridad sobre el entorno, mucha gente tenga la falsa sensación de que son tipos a los que envidiar. Pero yo siempre pienso en lo solos que están. Han adquirido la madurez que a los jugadores en activo les falta, ellos ya pueden ver el deporte desde una perspectiva más sabia, más calmada, más completa. Sufren como nadie la velocidad del juego. Ésa que hace que Guti esté muerto y enterrado un día y sea un genio imprescindible siete tardes después. No hay tiempo, la vaca está sobreordeñada con partidos a todas horas, así que la formación de los jugadores tiene que condensarse en los quince días de pretemporada y en las correcciones a cada partido concreto. Es algo así como dar clase subido a la montaña rusa.

Las relaciones con los equipos directivos no son fáciles. Los entrenadores son siempre una apuesta a ciegas y, más aún, en España, donde la paciencia dura siete partidos. Sería impensable disfrutar aquí del sistema británico, donde un entrenador se pasa la vida en el banquillo de su equipo, transmitiendo a los jugadores y a la afición una certeza casi inamovible. Aquí el presidente siempre tiene cara de estarse preguntando: ¿me habré equivocado contratando a este tipo? Luego, en una especie de juego teatral, en el campo, el jugador es la pieza fundamental y el entrenador sólo el espectador con mejor asiento o, mejor dicho, el más cercano al césped. La suerte como entrenador está depositada en ellos y si las cosas no salen bien los marineros hundirán el barco sin que el capitán pueda hacer otra cosa que esperar la patada que lo mandará a los tiburones.

Puede que no todos los españoles llevemos un jugador dentro, que nos sintamos un poco disminuidos ante Messi o Raúl, pero no existe español que no lleve un entrenador resolutivo, fiable y drástico metido en sus zapatos. Todos sabemos lo que hay que hacer, como esos padres que van a ver el partido del chaval y se ceban con el entrenador de su hijo porque no es capaz de sacarle el potencial que él sabe que el niño tiene porque lo ha visto a la hora de la merienda.

El entrenador llega a una ciudad desconocida con su familia, escolariza a sus hijos, convence a la mujer de que cualquier infumable pueblucho es tan disfrutable como Nueva York. Me imagino los domingos a la noche cuando llega a casa tras la derrota y se mete un pastillazo para poder dormir. Cuando los familiares se fatigan de ceses y cambio de residencias y colegios, le dejan ir solo a su nuevo empleo y el entrenador ocupa un hotel o un apartamentito y se pasa las horas libres colgado del teléfono, diciéndole a su niña que apriete en los exámenes mientras en el vídeo repasa el partido que perdieron el domingo sin que le parezca tan dramático el mal juego de los suyos. A los entrenadores se les va poniendo una cara amostazada con el tiempo y, por mucho buen carácter o entrega de profesor de colegio que tengan, no es raro verlos en algún casinillo local o con la nariz roja y las venillas coloradas y no precisamente por el frío. Desarrollan con su segundo y a veces con su preparador físico una especie de relación cómplice y rutinaria que se parece más a la serie Matrimoniadas que a un éxtasis deportivo.

El entrenador termina por ser alguien que sabe mucho de un juego al que no puede jugar. Sólo la capacidad de resistencia a la frustración y el placer del juego y el buen sueldo le harán seguir a lomos de la montaña rusa, aguardando el día en que por fin le toque un partido histórico, pero incluso ese día no olvida que los protagonistas son otros. Y con la maleta siempre hecha para cuando llega la tarde en que el presidente o el hijo del presidente o un vocal de la junta con más arrestos le enseña la puerta de salida con gesto alicaído. Y llega la mañana, a veces no demasiado lejana de aquella otra en que se presentó a la plantilla cargado de esperanzas, en la que se despide de alguno de los jugadores con un apretón de manos o de los otros sacándose un puñal de la espalda. Y ese tipo adusto y serio vuelve a ponerse en el camino hacia ninguna parte, donde tan magistralmente situó el añorado Fernán Gómez a nuestros cómicos de la legua.

Publicado en el diario El País de España ( 08.02.2010)