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martes, 18 de mayo de 2010

Se acabó lo que se daba

Por ANDONI ZUBIZARRETA

Pi, pi, pi, tres cortos y contundentes silbatazos dieron por finalizados los suspenses de esta Liga. Tres pitidos que seguro les supieron de forma muy distinta a los diferentes protagonistas. En unos casos, liberadores de alegrías desbordantes como las que se vivieron en La Rosaleda y en el Camp Nou, donde los locales celebraban cosas tan dispares como la permanencia y el campeonato. Se diría, viendo las imágenes, que había más desesperación en los malagueños y más fiesta en Barcelona. Se diría que la alegría malaguista era la de los que se liberan de una tortura y la catalana era de aquellas que se viven con una sonrisa tonta colocada en los labios, de aquellas que duran toda una semana, y que no se sabe muy bien por qué ni cómo sobreviven a todas las notas negras que el día a día nos acercan en estos tiempos revueltos.

Tres pitidos que por otro lado eran el epitafio sonoro de las ilusiones de otros muchos que veían cómo sus sueños salían volando. Se diría que los jugadores del Tenerife deseaban que su partido fuera eterno y que nunca finalizara el tiempo de ser de Primera. Se diría que los jugadores del Real Madrid cerraban con los tres pitidos un sprint que no les permitía remontar al líder, quedándose a un palmo de la gloria, allí donde una cantidad enorme de puntos sólo les dejaba rozar un título que habían perseguido con ahínco.

Tres pitidos y el final de tantas historias. Tres pitidos y tantas emociones que se desbordan. Tres pitidos y se acabó lo que se daba. Y en medio de tantas emociones colectivas, algunas individuales que se desbordaron en forma de lágrimas de alegre tristeza, aquellas de quienes sintieron que una etapa de sus vidas se cerraba con ese último partido, con esa última jugada, aquellas que sirvieron para cerrar las carreras de extraordinarios futbolistas como Joseba Etxeberria y Rubén Baraja. Puede ser que a esta extraña convocatoria se puedan añadir algunos otros, ¿tal vez Raúl?, ¿tal vez Guti?, seguro que otros varios a los que mi desconocimiento los aleja de estas líneas, convocatoria de los que sintieron que los tres pitidos del colegiado de turno cerraban tiempo y actividad, tiempo y colores, que sintieron que nunca más iban a volver a sentir lo que significa ser futbolista, o al menos, no como lo han sentido en los últimos 15 años.

Tres pitidos que debieron ser especialmente significativos en el caso de Mejuto González, que se pidió arbitrar su último partido de Liga en San Mamés y a quien todos despidieron con abrazos como los que uno nunca hubiera pensado que un jugador pudiera compartir con un colegiado. Mejuto, a quien le queda el broche de la final de Copa del Rey, se situaba detrás de su silbato para cerrar y certificar su paso a la jubilación. Tres pitidos y fin, debió de pensar el asturiano y, tal vez, por un momento, su ángel malo le dijo que siguiera con el encuentro, que lo hiciera inacabable para que el recreo fuera eterno. Pero le pudo el cumplimiento del deber, la perfecta asunción del deber del juez, para recoger un chaparrón de aplausos de un público que había acudido a homenajear a un grande de la gran historia rojiblanca y, de paso, le tributó su mejor homenaje al colegiado.

Y es, para todos ellos, el primer día de su otra vida. De aquella en la que van a tener que acostumbrarse a que precedan su nombre con ese feo prefijo de ex. Ex futbolista, ex athlético, ex valencianista, ex árbitro (bueno, Mejuto tiene prórroga hasta mañana). Toda tu vida metida en dos letras. Pi.

Publicado en el diario El País de España (18.05.2010)

martes, 16 de febrero de 2010

Humanos

Por ANDONI ZUBIZARRETA

Al final, va a resultar que todos los superhéroes futboleros van a ser humanos, mortales, gente que se equivoca y falla. Vamos, como cualquiera de nosotros. Bueno, con una sustancial diferencia: sus errores los sabemos y conocemos todos; los nuestros, los de los ciudadanos anónimos, quedan en la intimidad de nuestro hogar, nuestra oficina, nuestro grupo de amigos.

Al final, va a resultar que el implacable FC Barcelona es de carne y hueso. Si quieren una muestra definitiva, observen la cara de Keita cuando se levanta del suelo, ya lesionado, ya seguro de que aquel pinchazo que había sentido en el minuto 1 de partido le iba a dejar unas cuantas semanas en el dique seco. Dice Guardiola que Keita es una persona que se merece todo lo bueno que le pueda pasar; dice que es un tipo comprometido consigo mismo, con el equipo y con el juego. Tal vez por eso la cara de dolor del de Malí era de mayor dolor, ya que sabía que dejaba el terreno de juego el día en el que no se podía faltar a la refriega.

Fíjense si, al final, los superhéroes van a ser humanos, que los que lograron la gesta de derrotar al hasta el domingo invicto Barça, fueron unos jugadores que hace escasas semanas estaban en la picota, una plantilla bajo sospecha a lo largo de toda la temporada y que, tras lograr la clasificación para la final de la Copa, parecía liberada de todos sus fantasmas, aquéllos que habían convertido a jugadores estupendos como Forlán, Agüero o Reyes, por citar una muestra del vestuario del Atlético, en la sombra de su propia sombra. Y allí estaban todos ellos juntos, como un equipo, como un solo jugador, mirándole a los ojos al supercampeón, retándole a sacar lo mejor de sí mismo para lograr la victoria. Tomaremos a los rojiblancos como estampa para superar esta crisis que nos desborda en la convicción de que no hay infierno que cien años dure aunque sea colchonero.

El caso es que el Barça perdió su primer encuentro sin ninguna excusa que poner a pesar de que se pudo esconder tras todo un amplio catálogo de peros y esto, en un mundo como éste del fútbol, en el que quien más quien menos, sea en Primera o en Regional Preferente, tiene en la punta de la lengua un argumento para justificar la derrota que casi nunca suele llegar porque el rival ha sido, simplemente, mejor que nosotros, esto, les decía, también es una forma de jugar los partidos, ya que no terminan cuando el árbitro pita el final, sino cuando decidimos olvidarnos del último jugado para centrarnos en el nuevo reto.

Y, al final, como todo ser humano que se precie de serlo, al Barça le toca hacer valer esa idea de que no es importante las veces que caigas, sino las que seas capaz de levantarte para volver a la contienda. Esto, que siempre es un buen eslogan, también es una de aquellas tareas en las que, por mucho empeño que pongas, uno no sabe si, al final, es mejor olvidarse de todo, activar el reset mental, disfrutar de 48 horas de fiesta y volver a empezar o, por el contrario, cerrar filas, reunirse en el vestuario para lamerse las heridas, conjurarse y, regodeándose en el dolor sufrido, renovarse para volver a ser invencible.

Para ello suele venir bien comenzar aceptando que uno es humano y, por tanto, no está libre del error, de la derrota, del resultado adverso, todo eso de lo que el Barça ha vivido lejos en estos últimos meses a base de trabajo, planificación y talento. Y aceptarlo todo con una sonrisa.

Publicado en el diario El País de España (16.02.2010)

miércoles, 27 de enero de 2010

La esencia de los futbolistas


Por ANDONI ZUBIZARRETA

Sí, ya lo sé, somos los futbolistas esos seres que viven lejos de la realidad, aislados en su burbuja, sin palpar la vida en su real esencia. Y en esa popular valoración es igual que uno juegue con guantes o sin ellos. El fútbol suele catalogarse como un excelente escaparate de excentricidades, gestos vulgares, mensajes envenenados para nuestra gente joven. Cuántas veces habré escuchado eso de que somos un ejemplo para los niños y que eso nos debe comprometer más con nuestros gestos, con nuestras declaraciones, sabiendo que van a ser leídas por tantos y tantas que están en pleno proceso de maduración.

Sí, ya sé que futbolista y mercenario suelen ser dos palabras de rima perfecta, sobre todo cuando uno regresa a su club de origen jugando con la camiseta de ese equipo llamado grande (o no tanto) que le incorporó a sus filas al final de la última temporada y la grada decide acogerle con el mayor de los cariños.

Sí, lo sé, no es sencillo manejarse en ámbitos de tanto dinero cuando uno es joven, sin una gran experiencia en la vida, sin grandes referencias vitales, manteniendo unos criterios y unos valores que suelen estar en construcción en el mismo tiempo en el que uno ha de tomar decisiones que van a ser decisivas para su vida, tanto la deportiva como aquélla que hay que vivir cuando cuelgue las botas.

Pero me gustaría traerles ese mundo de contradicciones que suele ser el del fútbol profesional. Y para ello me gustaría apoyarme en uno de los hechos más dolorosos del pasado fin de semana.

Veamos. Hace unos meses, cuando la pasada temporada finalizaba, surgía el nombre de un candidato para ocupar la banda izquierda del multicampeón Barça: Filipe Luis. El Deportivo entendió que tenía una perla en su plantilla para negociar la mejor de las opciones para su economía de guerra, aquélla que le había hecho incorporar a un jugador que había estado en las categorías inferiores del Real Madrid sin llegar a hacerse un hueco en la primera plantilla.

El 3 deportivista mantuvo en todo momento una actitud elegante, sabiendo de las necesidades de su club e intentando congeniarlas con sus deseos de incorporarse a un Barça que suponía lo máximo en lo deportivo y, seguramente, también en lo económico. Pasó aquel tren, comenzó la temporada y el jugador siguió en una excelente línea deportiva, gran rendimiento, continuidad en las alineaciones, una primera vuelta fantástica en lo deportivo y un Athletic que les había puesto en enormes apuros en la primera parte. Y allí apareció Filipe Luis para acompañar una jugada de ataque nada más empezar la segunda mitad, la pelota rebota en un defensa y vuela hacia donde se encuentra libre de marcaje, solo, una ocasión única para abrir el marcador. Y ya sabemos que cuando el Depor se adelanta es muy difícil que pierda. El resto seguro que ya lo conocen: gol y gravísima lesión, todo en uno. Gol y el principal activo que maneja el futbolista, su físico, parte rumbo al quirófano. Gol y todo el plan estratégico del jugador que se tambalea en el mejor momento, en el mejor de los logros. Es en esa delicada y fina línea en donde se maneja el jugador, los jugadores. En esa tenue y discontinua frontera entre el éxito y el fracaso, siempre sustentado en su cuerpo y en su mente. Cuando el pie izquierdo de Filipe tocaba la pelota para enviarla a la red, y acercarse a la gloria del éxito, la pierna derecha sufría el choque con Iraizoz. Su peroné y su tobillo se quebraban. Una décima de lo excelso a lo más doloroso.

Dicen que, cuando llegaba al hospital, daba ánimos a todos y que, luego, le quitaba importancia a la intervención de Iraizoz recordándole al portero bilbaíno que eran gajes del oficio. No conozco a Filipe Luis. No nos hemos encontrado en ningún terreno de juego, pero me atrevo a sugerirle su nombre para hoy, para mañana, para siempre, a todos los que buscan encontrar en la esencia del fútbol la auténtica esencia de las personas.

Publicado en el diario El País de España (20.01.2010)